Artículos y Reportajes

Autora
"Dra. Ala Frank Einstein"
Tiempo de disertación

Hospital Pediátrico de Tacubaya, ¡bendito hospital!

Hay veces que siento que estoy viendo algún capítulo de la Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales. Más real sólo en la vida real y no es mera coincidencia. Es inevitable ser visitante frecuente de ese hospital y no enfrentarse en algún momento con el resultado de la crueldad más pura y descarada. Y es que uno comprende que los accidentes pasan y el descuido se entiende, aunque no se justifica. Pero a veces es muy difícil realmente tratar de entender que clase de ser (por que dudo que haya algo de "humano" en ellos) puede hacerle daño tan tremendo y permanente a un niño con toda intención premeditada. Es inevitable entonces que uno sienta coraje contra estos criminales y que uno tienda a decepcionarse de la raza humana.

Pensamientos que en algún momento me han abrumado, como "entre más conozco a las personas, más amo a los animales", "por eso estamos como estamos", "pero nos merecemos todo lo malo que nos pasa", "¿qué jijos de la jijurria estoy haciendo aquí?, viendo este tipo de crueldades que me parte, no sólo el corazón, sino el horizonte, el nombre, y la fe en el mundo".

Creo que en algún momento también es inevitable pensar que lo que hago no cambia absolutamente nada. No le puedo regresar el brazo, o la pierna, o la piel, o su apariencia pasada. No puedo llevármelo a mi casa, no puedo cambiar a su padre, su madre o su tía, o Juan Pitas.

¿Qué le doy yo en los minutos que le brindo, que sea lo suficientemente permanente para hacer la diferencia? ¿Y es acaso esta criatura la única que sufre? ¿La única que llora?

Y de pronto, cuando menos me doy cuenta, soy tremendamente consciente de mi pequeñez e impotencia. De cuan humana soy. Porque a mí sí me duele y el corazón se me encoge y me estremezco y se me hace nudo el hígado.

Hemos llegado al punto crucial. A la gran encrucijada que tarde o temprano encuentra a todo aquel que dedica su tiempo, completo o en parte, al servicio de los demás.

Veo mis opciones. Los médicos tienen la regla de no involucrarse. Ser impersonales. ¡¡¡Oh, guau!!! ¿qué digo? ¿cocha diche? ¿? ¿? Soy un Médico de la Risa, pienso yo. Mi trabajo es hacer lo que los médicos no hacen. Hacer contacto con el paciente, vida a vida, corazón a corazón. Hacerle sentir que en verdad me importa, que mi ternura es honesta, que mi dulzura es verdadera. Que no es un paciente hablando con un doctor, porque... porque no visitamos enfermedades... ¡visitamos corazones! Entonces eso de no involucrarme no puede funcionarme. Por cuanto quiero que sienta mi ternura, que me importa lo que siente, debo involucrarme por el breve instante en que estoy con él o ella.

Si involucrarme significa salir con estos nudos en el hígado, y sintiendo que mi respeto y fe por la Raza Humana va descendiendo en mi humanómetro a un punto donde la aguja ya excavaría el suelo. Y no dejo a mis visitados en el hospital, sino que me los llevo conmigo a casa, y a mi cama y a mis sueños (que se vuelven pesadillas) y a mi vida. Y me doy cuenta que cada vez que voy a visita quedo como percha de buitres, entonces puedo pensar, "este trabajo no es para mí. Adiós muchachos, compañeros de la vida, chido lo suyo, valenmilnuncacambien... ¡pero ya me voy!".

Pero una vez más pienso: llevo dos años y feria en este sainete y no me he ido. ¿Por qué? ¿Porque no me involucro? ¿Porque no los siento? ¿Porque no me la tomo en serio? ¿Porque ya alcancé la iluminación divina y soy master campamocha en el arte del perdón? ¿Porque he optado por el papel de Garrick, actor de la Inglaterra, y doy alegría a los que sufren (y sufro yo con ellos), pero juzgo y condeno a los que hacen sufrir? Hubo una temporada en la que pensé que lo que hacía Ala Frank Einstein era como escribir letras en la arena. Después venía la ola y todo se borraba. Yo hacía reír a alguien, pero cuando me iba, se quedaba solo con su dolor y ya no había risa que se escuchara.

Alguna vez les hablé del caso de las niñas de la Raza, no menos triste ni impactante que los que nos encontramos en el Tacubaya. En esa ocasión aprendí que, en general, nosotros vemos caritas, ojitos, y la mayor parte de las veces, sonrisas, pero no nos enteramos (gracias a los dioses del Olimpo), de todas las historias detrás de esas caritas. No sabemos de dónde vienen y qué cargan en el corazón. Sin embargo, muchas veces, sin saberlo, somos las únicas fuentes de ternura, de dulzura, de amabilidad y de humanidad, en las vidas de esos "visitados". Ese día comprendí que mi trabajo puede ser trascendental en la vida de alguien.

¿Por qué sigo aquí? Porque de pronto me di cuenta que mi trabajo no son letras en la playa que la ola va borrando. Es una gota de agua en el océano. Parece insignificante, pero si esa gota faltara, seguro el océano la extrañaría, pues está conformado de gotas. Y si muchas faltan, el océano sería un lago... y luego no sería nada. Y la gota, solita, se secaría al sol en un momento, pero la gota junto con el océano comparte el milagro de la vida.

Sí, es cierto, hay mucha crueldad e inmundicia en el mundo, y seres que no merecen llamarse humanos, pero nada existe sin su opuesto. También hay gente buena, noble y humana que enaltece y sublimiza el carácter humano. Así como hay muy malos, también los hay poderosamente buenos.

Últimamente he pensado mucho en algo que me enseñaron hace ya algunos años: "Si no te gusta, cámbialo". Si no me gusta ver la crueldad, entonces la solución no es cerrar los ojos a ella. Debo actuar. Sí, es cierto, no puedo cambiar a la gente, pero puedo cambiarme a mí. Yo puedo comprometerme a hacer algo al respecto, ¿qué es? Hoy les dije a los MdlR que estuvieron en esta visita tan *intensa*: "por cada gota de crueldad, dos de ternura". Yo me comprometo a dar dos gotas de ternura por cada gota de crueldad que vea. No soy ninguna clase de dios. No puedo cambiar al mundo, pero cambiando yo, cambio mi entorno. Eso lo puedo hacer y es valiosísimo, como la gota para formar el océano. Porque si alguien piensa que es buena idea, que es ejecutable sin ser misión imposible, entonces ya somos más de una. Como sucede con el crecimiento de Risaterapia.

Las grandes invenciones, los grandes cambios, las grandes revelaciones siempre han venido de "inconformes". De gente que no se limitó a ver y a aceptar que *el mundo es así*. Gente que creyó en "si no te gusta, cámbialo" y lo cambió. Y actuando convencida, convenció, y pronto lo que hicieron se extendió y el cambio se adoptó mundialmente, como el caso del foco, del teléfono, en la tecnología, la medicina, y más aun, cuestiones de "humanidad". Grandes personajes de la historia que admiramos, respetamos y hasta reverenciamos. Yo me pregunto: ¿quiero aceptar que la crueldad es inherente de la raza humana y esperaré a ver quien viene a cambiarlo? o me afecta tanto la crueldad y la indiferencia que no puedo esperar a que lo haga alguien más y entonces yo tomo la decisiva determinación de hacer algo al respecto. "Por cada gota de crueldad, dos de dulzura". No es tan difícil... Y ya no me siento impotente, ¡porque ya estoy en la acción!

Hoy he pensado que no debo perder el tiempo apuntando con el dedo a los que hacen este mundo oscuro y difícil de vivir en el. Mejor ocupo ese tiempo en *abrillantar* el lado noble que también posee la Raza Humana. La tolerancia, la paciencia, la comprensión, la ternura, la compasión, la hermandad, la solidaridad, la preocupación por el más pequeño. Entonces podríamos, tal vez, hacer surgir otro famoso lema que diga: "Entre más conozco a los hombres, más me esfuerzo yo mismo", o "más mejoro" o "más acciono". Entonces no me contaré entre las filas de los que pierden la esperanza, sino de los que dan esperanza. Y tal vez, sólo tal vez, si nuestra voz es más contundente, más poderosa, más determinada, acallemos a los que apuestan por la destrucción, por la guerra, por la crueldad y la violencia.

Finalmente, pienso que si he de traerme estas criaturitas desafortunadas en el corazón, sólo debe ser para acicatearme a hacer mejor mi labor de Médico de la Risa. Para desafiarme a mí mesma mesmamente, y no faltar a mi visita, ya sea que esté alegre o deprimida. Ya sea que este con energía o cansada. ¿Por qué?, porque la medicina funciona para los dos lados si uno se conecta a la pila correcta. ¿Cuál es la pila correcta? No la de "tú sufres y yo sufro contigo", sino la de "hay sufrimiento pero ya estoy haciendo algo para cambiarlo". Es la pila del Propósito. Propósito es lo que nos responde las interrogantes universales, damas y caballeros: ¿Por qué estoy aquí?, ¿Quién soy? y, ¿Hacia dónde voy?

Pienso que cuando el Propósito de mi Vida es algo tan trascendente y fenomenal como el que se erige en el camino del Médico de la Risa, nada de lo que haya sufrido personalmente en el camino, en el más oscuro caos, es de balde. Cada sufrimiento me ha servido para empatizar con la personita que tengo enfrente. No para acorazarme, sino para tirar eventualmente todas las máscaras y armaduras, y abrazarnos de corazón a corazón en un abrazo que permanece aún después de haberme ido. Ni mi sufrimiento, ni su sufrimiento es de balde. Ya hay un propósito claro a nuestros ojos: Accionar.

Pienso que el Médico de la Risa es un sinónimo de un médico de cuerpos y almas; si creemos que toda enfermedad física se origina primero de un estado sicosomático. Y si no lo creemos, pues por todas las bondades y milagros que puede hacer la risa, ya bien sabidos.

Voy a sonar a comercial, ¡pero no me importa! Quiero terminar mi disertación con un aplauso para los que siguen viniendo, a pesar de todo. Un aplauso para los que tienen fe en que podemos formar un océano, aunque cada quien cargue un gotero solamente. Un aplauso para los que, incluso estando tristes o deprimidos o asediados por su vida, se retan a sí mismos y llegan a visita. Un aplauso para los que se acuerdan que hay otros que también sufren. Y, finalmente, el aplauso más grande de todos y en el que mando a la Muchedumbre, para los que se deciden accionar y se comprometen a dar "dos gotas de dulzura por cada gota de crueldad".

Gracias por su tiempo y por ayudarme a destaponarme la cabeza de tantos pensamientos amueganados dentro. Los saludo y los quiero bien.

Dra. Ala Frank Einstein.
(Hombro con hombro con los hombros que me toquen y alineada con la pila.)